09/03/13

Así brille vuestra luz




Me siento avergonzado delante de Dios, cuando escucho hablar acerca de maledicencias, de cosas que destruyen, que no edifican, actuando en la Iglesia.

No sirve de nada, dar diezmos y ofrendas, orar, ayunar y sacrificar, cantar alabanzas, leer la Biblia e ir a la iglesia todos los días, si nuestro corazón está lleno de ira, rencores, odios y contiendas. ¿De qué sirve decir que pertenece a Jesús y tener las actitudes del diablo?

Es necesario, sin embargo, que nos edifiquemos unos a otros, para que el Espíritu de Dios utilice verdaderamente a cada uno de nosotros. Escuchemos Su voz, en lugar de escuchar cosas que no construyen o tener los ojos distraídos con cosas que no edifican.

Sea como Daniel y tenga en sí el Espíritu que él tenía y el mismo corazón. Ore por la Iglesia y sepa que, así, estará bendiciéndose a sí mismo.

Daniel fue uno de los hombres más importantes de las Sagradas Escrituras que oraba tres veces al día y aunque no estaba en pecado, se colocaba en el lugar de pecador,  junto con el pueblo: “Oré al Señor, mi Dios, e hice confesión diciendo… hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos actuado impíamente, hemos sido rebeldes y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas… Aún estaba hablando, orando y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante del Señor mi Dios… cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión, al principio, volando con presteza vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde…” (Daniel 9: 4-8 y 20-21)

Sepa que, en el mismo momento, en que oramos, Dios ordena a sus ángeles para que vengan a nuestro encuentro.

Por lo tanto, vamos a clamar, a ayunar, a orar unos por otros, para que el Espíritu Santo venga a avivar nuestros corazones. Vamos a vivir lo que predicamos, creemos y enseñamos. Si somos de Dios, las personas deben ver a Dios en nosotros.

Vamos a ser complacientes con los otros hermanos, paciencia con aquellos que son tímidos y los débiles en la fe, acabar con la maledicencia y vivir realmente el Evangelio, porque las tinieblas quieren destruir la Iglesia. Luchemos, por que ella se torne  invencible e inquebrantable, y sea conocida como la Iglesia de un solo Espíritu, un solo amor, y una sola fe.

En Génesis 7:1, Dios dijo a Noé: “Entra tú y toda tu familia en el arca, porque sólo a ti he visto justo delante de mí en esta generación.”

Tenemos la responsabilidad y la obligación de ser justos en esta generación de tanta corrupción y maldad, porque somos la luz y la sal de la tierra.

Si nuestros corazones estuviesen avivados, nuestros familiares, conocidos y vecinos se convertirán para la honra y la gloria de nuestro Rey y Dios.

Así que vamos a limpiar nuestro corazón, para que la luz de Dios brille a través de nosotros, conforme el Señor Jesús dice: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16), pues si el corazón no estuviese limpio, las otras personas no podrán glorificar a nuestro Dios.

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